En estos extraños días de teletrabajo, encierro familiar en casa, mensajes de whatsapp que destilan una psicosis soterrada y, finalmente, de una catarsis colectiva con el objetivo común de doblar la curva de contagios por la pandemia del COVID 19, algunos tweets han mencionado la enorme capacidad de supervivencia que demostraron los héroes de Baler para sobreponerse a las condiciones tan adversas que les tocó superar durante el histórico asedio en la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa ente julio de 1898 y junio de 1899.
De hecho, las enfermedades (el beri-beri y la disentería) causaron 15 de las 19 bajas que sufrió el destacamento durante los 337 días de terrible asedio a manos de un número indeterminado, aunque sí muchas superior, de insurrectos (revolucionarios del Katipunan). ¿Cómo consiguieron frenar la pandemia de beri-beri, enfermedad tropical provocada por avitaminosis, dentro de la iglesia?
Antecedentes al sitio
Al llegar a Baler, la pequeña aldea costera fundada por los franciscanos en la costa oriental de Luzón, eran 55 hombres inseguros y mal armados. Se encontraban rodeados de selva, mar, montaña y una población pro-katipunera de unas 1.900 almas, al otro lado de la impenetrable Sierra Madre. Aquellos hombres, cincuenta soldados, tres oficiales, el médico y el sanitario mascullaban para sí el recuerdo trágico de apenas unos meses atrás, cuando el destacamento del Teniente Mota sufrió el asalto a bolo (machete) que acabó violentamente con el propio teniente y 9 soldados más. Doce de los que posteriormente se convertirían en héroes también estuvieron ahí. Ya conocían Baler en primera persona.
A nadie se le escapaba que la cabecera del Distrito de El Príncipe (hoy provincia de Aurora) era una ratonera. Y la firma de la Paz de Biac-nabac-tó apenas una tregua. El 27 de junio se terminan las dudas. Los vecinos se alejan de sus chozas de nipa y bambú ante el inminente ataque y el pueblo queda desierto. A los soldados españoles sólo les queda una opción: refugiarse de los silencios de la selva en la única construcción sólida, la iglesia de mampostería con cal y arena. Se encierran después de hacer todo el acopio posible de víveres y municiones, abundantes aún desde que partieran los 400 hombres que habían estado en el pueblo a primeros de 1898 con la misión, más bien la quimera, de pacificar la zona.
Tres días después, mientras realizan una patrulla por el pueblo a las órdenes del Teniente Martín Cerezo, son atacados por fuerzas rebeldes apostadas en la ribera del río. Ante aquel ataque, se ven obligados a retroceder hasta la iglesia, llevando como pueden al Cabo Jesús García Quijano (mi bisabuelo Chus), de 23 años, herido junto al puente España tras recibir una bala en el talón del pie izquierdo. Ni por delirio podía imaginar este campesino palentino la agonía, el dolor y la humedad tropical que iba a sufrir durante los próximos once meses de su vida. Ni tampoco que bajo esa improvisada bandera rojigualda en la torre se fraguaba con sangre la última hazaña del Imperio español.
Julio de 1898: Los soldados españoles asumen que están rodeados por fuerzas muy superiores. Unos y otros comienzan a enviarse mensajes, en algunos de los cuales se intercambian regalos (los rebeldes mandan tabaco y son contestados por los españoles con una botella de jerez). Los filipinos tratan de convencer a los españoles de que la guerra está perdida y que su único camino es la rendición. Los españoles no les creen y deciden hacerse fuertes en la iglesia. Perforan un pozo en el patio, teniendo la fortuna de hallar agua en abundancia a cuatro metros de profundidad. Poco después, construyen un horno para hacer pan, terraplenan todos los huecos, se alternan en turnos de sueño y vigilancia, cavan trincheras, sudan la humedad irrespirable y susurran ante el altar “Señor, morir habemos, ya lo sabemos”.
El día 4 los sitiados realizan una breve ofensiva fuera de la iglesia con el objeto de destruir los antiguos barracones, la escuela y algunas casas cercanas, ya que desde estos lugares eran atacados fácilmente. El día 18 resulta herido el cabo Julián Galvete Iturmendi, que morirá días después y será la primera baja de la guarnición española. El día 20, los filipinos lanzan una fuerte ofensiva que dura casi veinte horas. Los españoles, para ahorrarse munición y desconcertar al enemigo, permanecen en silencio sin responder al fuego enemigo. El día 31 los insurrectos lanzan otra ofensiva empleando varios cañones. La iglesia sufre daños en las puertas y en el techo y una parte importante queda a la intemperie.
Agosto de 1898: El día 3, mientras estaba de guardia, deserta el mallorquín Jaime Caldentey, que morirá al día siguiente por un disparo realizado desde la iglesia. Días después, informados por el desertor de que el sector más vulnerable de la iglesia era el situado al norte, los filipinos lanzan un fuerte ataque sobre este punto. Llegan a colocar una escalera en el muro del templo, pero son rechazados. El día 13 Manila cae en manos norteamericanas tras pacto entre el General Fermín Jáudenes y el almirante norteamericano Dewey. Las tropas españolas son definitivamente vencidas y comienzan a ser repatriadas. En Baler sigue el intercambio de disparos y cañonazos y los españoles no dan crédito a los mensajes que hablan de derrota. En todo caso, confían en que ningún ejército deja abandonado un destacamento durante mucho tiempo. Los insurrectos, liderados por el coronel Calixto Villacorta, envían a dos párrocos españoles, los frailes Juan López y Félix Minaya, para intentar convencerles de la rendición. Pero los sitiados no sólo no se rinden, sino que el comandante político-militar del Distrito de El Príncipe, el Capitán Las Morenas, pide a los dos emisarios que permanezcan con ellos. El día 25 se registra la primera víctima del beri-beri, el párroco de Baler Cándido Gómez Carreño, muy querido por los soldados.
Septiembre de 1898: Crece la angustia ante la imposibilidad de responder a los cañonazos, la humedad que pudre los alimentos, los gritos con noticias confusas, las heridas de bala, los harapos y pies descalzos, el cansancio mental y físico, la oscuridad. Los rebeldes hacen llegar a los sitiados varias cartas, una de ellas del gobernador civil de Nueva Écija, Dupuy de Lôme, en la que se les informa de la pérdida definitiva de Filipinas. Pero los españoles se muestran incrédulos ante esas noticias, al pensar que es imposible que se haya perdido todo el archipiélago en tan poco tiempo. El día 30 muere el soldado Francisco Rovira por disentería.
Octubre de 1898: Los sitiados sufren cinco fallecidos más, entre ellos el primer Teniente Juan Alonso Zayas, que fallece el día 18 de beriberi. El mando recae desde ese momento en el Teniente Saturnino Martín Cerezo. Los otros fallecidos, también a causa del beriberi, son el cabo José Chaves Martín y el soldado Ramón Donant Pastor, el día 9, el soldado José Lafarga, el 22, el soldado Miguel Pérez Leal, el 23, y el soldado Román López Lozano, el 25. Para empeorar aún más las cosas, el médico Vigil de Quiñones también cae herido de gravedad. Con la intención de frenar la propagación del beriberi se preparan nuevos sistemas de ventilación. Buena parte de la guarnición apenas se mantiene en pie y los soldados que se encuentran en mejor estado trasladan a sus compañeros desde las camas hasta las sillas situadas en los puestos de vigilancia. Los filipinos vuelven a informar a los españoles de que la guerra ha terminado y han sido derrotados. Les proponen rendirse y ser embarcados para España. Los sitiados les contestan que todo es una farsa, un burdo fake. El tiempo avanza muy lentamente en las antípodas del mapa del mundo visto desde España.
Noviembre de 1898: Otros 5 fallecidos, entre ellos, también por beri-beri el Capitán Enrique Las Morenas, quien en pleno delirio escribe una carta a los sitiadores ofreciéndoles una amnistía y un trato benévolo si deponen las armas. Los otros fallecidos son los soldados Juan Fuentes Damián, Baldomero Larrode Paracuellos, Manuel Navarro León y Pedro Izquierdo. Sin apenas ventilación, la humedad y el hedor hacen el aire más irrespirable cada hora de cada día.
Diciembre de 1898: Mientras en París, el día 10, se firma el Tratado en el que España vende el archipiélago a EE.UU. por 20 millones de dólares, en Baler ya casi todos están enfermos. Han fallecido 11 por beri-beri y la muerte inminente por desnutrición parece inevitable. El Teniente Martín Cerezo ya sólo tiene bajo su mando a 35 soldados, un corneta y 3 cabos. Apenas cuentan con víveres y lo único que poseen en cantidad suficiente son municiones para mantener el fuego con el enemigo. El día 8 se registra una nueva baja por beri-beri, la del canario Rafael Alonso Mederos. Sin embargo, al tratarse de una fecha festiva (la Inmaculada) y con el fin de no dejar caer la moral, el Teniente Martín Cerezo reparte crepes, café y sardinas entre sus hombres. El día 14 tiene lugar el último estertor del Imperio español. Debido a la acuciante falta de alimentos, Martín Cerezo, a petición del Doctor Vigil, decide que varios hombres salgan de la iglesia para conseguir unos frutos que se hallan a poca distancia. La expedición es comandada por el cabo José Olivares, al que acompañan otros 14 hombres en tan desesperada misión. El resto de la guarnición tiene el cometido de hacer fuego para crear la mayor confusión posible. A pesar de enfrentarse a un enemigo más numeroso y bien parapetado, la ofensiva obtiene un éxito rotundo. Los 15 hombres consiguen incendiar gran parte del pueblo, incluida la vecina casa-cuartel desde la que eran hostigados, y destruyen las trincheras que el enemigo ha logrado situar cerca de la iglesia. Sin sufrir ninguna baja, los españoles logran además gran cantidad de calabazas y naranjas, que arrancan de los árboles cercanos. Al alejar al enemigo a una cierta distancia, los sitiados pueden también abrir las puertas de la iglesia, lo que permite un mejor sistema de ventilación. Ciento sesenta y siete días después, se abren las puertas para oxigenar la iglesia convertida en cárcel y cementerio. El espacio ganado en el ataque les permite, a su vez, crear una fosa séptica, que mejora sensiblemente las condiciones higiénicas, y cultivar un pequeño huerto de tomates y pimientos. Consiguen así derrotar a la letal epidemia que durante varios meses les venía aniquilando.
Algunas conclusiones para frenar al COVID 19. Son múltiples las lecciones que podemos aprender de este heroico destacamento. Resulta evidente -aunque tristemente siga siendo un episodio desconocido en nuestros libros de Historia- que Baler contiene un código de honor universal, basado en valores imperecederos, como la empatía, el sentido del deber, el apego a la vida, la magnanimidad o la gratitud. En los alrededores y el interior de la remota iglesia de Baler, ocurrieron hechos sin parangón.
Por un lado, la propia supervivencia del diezmado destacamento durante un terrorífico asedio de 11 meses, sin olvidar la reacción de los líderes kapituneros, liderados por Emilio Aguinaldo, una vez que los nuestros decidieron salir de la iglesia por su propio pie, impartiendo ambos bandos una genuina lección para la posteridad. Por otro lado, resulta extraordinario que, más de un siglo después, basándose en un hecho de guerra ‘sin vencedores ni vencidos’, el Gobierno filipino declarase en 2002 el 30 de junio como Día de la Amistad entre España y Filipinas.
Pero concretamente, para derrotar a la epidemia del beri-beri, el Destacamento de Cazadores nº 2 en ningún momento se dejó atenazar por el miedo. Pese a que todo parecía perdido, fueron proactivos ante la adversidad. No toleraron la falta de disciplina entre compañeros, conscientes de que la irresponsabilidad de unos la pagarían entre todos, ni perdieron el foco en el objetivo compartido de sobreponerse juntos a la situación, cogiendo con asertividad las riendas de su propio destino. Quienes estaban menos débiles en la emboscada de diciembre, sabedores de que si no hacían nada todos acabarían enfermos y morirían, se ofrecieron como voluntarios para salir del fuerte, incendiar por sorpresa las trincheras enemigas, conseguir alimentos frescos y airear el interior de la iglesia. Mantuvieron la cohesión y la moral como un único equipo, demostrándose unos a otros que la solidaridad y la generosidad son los auténticos pilares del bien común.
#YoMeQuedoEnCasa: Sumándose a la campaña de muchos profesionales del sector cultural español, que han decidido compartir sus obras a través de Internet durante este periodo de cuarentena, también Musas Producciones ha puesto en abierto -para su visionado gratuito- el documental Los últimos de Filipinas. Regreso a Baler, que explica, con inéditos testimonios de los descendientes de ambos bandos, el desenlace de esta gesta con la narración del gran polímata Luis Eduardo Aute.
Los últimos de Filipinas. Regreso a Baler #YMQEC from Musas Producciones on Vimeo.
No cabe duda de que este aislamiento es una oportunidad idónea para aprender de nuestra historia, al empatizar con este puñado de hombres que protagonizó, en palabras de Azorín, “la página más brillante que desde Numancia, sí, desde Numancia, ha escrito el heroísmo español.” Leída hoy en día, quizá el maestro Azorín, como buen exponente de la generación del 98, se quedase corto en esta valoración, pues el legado de estos héroes traspasa los límites de la ideología y la época en la que ocurrió el asedio de Baler. No en vano, en 1910, el brigadier general del Ejército estadounidense Frederick Funston dejó escrito que “quien no se sienta animado a grandes hechos por esta modesta y sencilla historia de heroísmo y cumplimiento del deber, sin duda debe tener corazón de liebre».
En días como estos en los que nuestras casas se convierten en un recinto cerrado al ataque del invisible virus, podemos acercarnos al sentimiento que desde hace tantos años nos embarga por la heroica resistencia de los héroes de Baler.
El reportaje me ha emocionado. Para los que no hemos estado físicamente en Baler, las imágenes del desfile y la ceremonia de colocación de la corona, nos ha permitido acompañar a los descendientes en tan emotivo momento.
Enhorabuena Jesús.
Con mis mejores deseos de salud en tan difíciles momentos.
Mario Llope Feito