Desde que nació, Jesús Valbuena (Valladolid, 1971) se acostumbró a escuchar a su familia materna, en Respenda de la Peña, en plena montaña Palentina, hablando de los avatares de su bisabuelo, el palentino Jesús García Quijano en Filipinas. Aquella historia del bisabuelo ha acompañado siempre a Valbuena, que 24 años después de su primer viaje personal a aquel enclave ha dado forma al documental ‘Los últimos de Filipinas: regreso a Baler’, donde, a través de la mirada de los descendientes de sitiadores y sitiados, propone un emotivo retorno al asedio militar más prolongado y paradójico de la historia moderna.
«La política ha hecho mucho daño a la historia universal de los últimos de Filipinas, que traspasa su época y la historia de España»
CÉSAR COMBARROS / VALLADOLID / AGENCIA ICAL
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Jesús García Quijano fue uno de los cuatro castellanos y leoneses que integraban el último batallón del imperio español, 55 hombres inseguros y mal armados que el 12 de febrero de 1898 llegaron a Baler, una pequeña aldea costera en Filipinas, para intentar frenar las revueltas anticoloniales y el intervencionismo estadounidense. Ellos serían los últimos de Filipinas, héroes que resistieron 337 días el asedio filipino sin apenas municiones ni víveres, rodeados de selva, mar, montaña y soledad. Su biznieto cuenta ahora su historia.
¿Qué le atrajo de la historia de su bisabuelo?
Siempre tuve la sensación de que no se había hecho justicia, no sólo al cabo Jesús García Quijano, sino a toda esta Historia con mayúsculas. Me suscitaba mucha curiosidad saber más de lo que había pasado allí, saber si las historias que contaba el bisabuelo tenían parte de verdad o no, y siempre tuve la corazonada de que algún día, en la familia y en el pueblo, esto se conocería y saldría del anonimato y del olvido.
¿Qué franjas de edades tenían los sitiados?
Los mandos eran algo mayores, rondaban los 30, pero el resto de hombres estaba más cerca de la veintena. Mi bisabuelo Jesús tenía 22 años cuando llegó a Filipinas y 24 cuando regresó del asedio, y era de los mayores.
¿Cómo acabaron allí?
Hubo algunos voluntarios, pero la mayoría fueron reclutados por la fuerza y enviados a un lugar del mundo que ni siquiera sabían colocar en un mapa, porque sus familias no pudieron pagar la redención del servicio militar en ultramar ( 2.000 pesetas de la época). En el caso de mi bisabuelo, le tocó ir a su hermano Venancio, pero la familia decidió que fuera él, porque era el pequeño y no tenía tantas obligaciones.
¿Qué les permitió sobrevivir durante 337 días en condiciones infrahumanas?
La propia ignorancia sobre lo que estaba ocurriendo. Ellos pensaban que, en cualquier momento, iban a rescatarles, porque ningún imperio deja tirado a un destacamento. Por otro lado, su apego a la vida, su esperanza de que, en cualquier momento, esa pesadilla iba a terminar, les permitió subsistir sin apenas comida, guardando la munición, cavando un pozo para conseguir agua, haciendo vigilancia las 24 horas… Sus principales enemigos fueron, por un lado, la epidemia de beriberi (que hizo que murieran 15 de los 19 fallecidos) y, por otra parte, la traición, porque seis desertores se pasaron al bando enemigo y cuatro de ellos dieron todo tipo de detalles sobre lo que ocurría dentro. Por disparos enemigos sólo murieron dos, y otros dos fueron fusilados en la iglesia la última noche del asedio.
¿Qué hicieron los supervivientes al regresar a España?
Casi todos eran gente muy humilde. Volvieron a sus lugares de origen y retomaron sus tareas de antaño. Ningún imperio trata bien a los soldados que han perdido una guerra. Aquel desastre fue el Vietnam español. España empezó a mirar a otro lado y no quiso saber nada tras el trauma que le supuso perder las últimas colonias. Su epopeya cayó en el anonimato y no volvieron a reunirse en vida.
Entre los supervivientes parece que hubo un pacto no escrito de silencio. Las experiencias que vivieron serían terribles… Convivir durante casi un año en 300 metros cuadrados, con 19 cadáveres al final… Había un listado donde ellos mismos podían elegir dónde les gustaría ser enterrados, y hacían apuestas sobre quién sería el siguiente. Sólo el hedor a muerte que tenía que haber entre esas cuatro paredes tuvo que ser traumático.
En el documental, el hijo de uno de ellos cuenta que a su padre empezaron a enterrarle y tuvieron que parar, porque vieron que se movía… En cuanto a su alimentación, se comieron la perrita del capitán, culebras, cucarachas, todo lo que se movía, hierbas… El hijo de otro de ellos nos contó que, en algún momento, pudieron tener tentación de probar la carne humana. Cuando vives una experiencia de esa magnitud y regresas a este mundo desde el otro lado de la muerte intentas retomar tu vida cotidiana. Si además ves que rechazan hasta tu pensión por invalidez, no creo que sea plato de gusto recordar nada.
Los infortunios de su bisabuelo no terminaron al regresar a España…
En plena guerra civil, mientras araba unas tierras en Villamayor, tiraron una bomba y quedó totalmente paralítico desde 1936. Además, durante la guerra, su hijo Fortunato, mi abuelo, fue un líder minero en la cuenca de Asturias, y tras el conflicto la familia sufrió las represalias. Esta historia cayó en el olvido hasta que en 1945, en la campaña del cincuentenario, con España prácticamente aislada internacionalmente, se politiza el relato y se estrena la película ‘Los últimos de Filipinas’, de Antonio Román, con Fernando Rey, Manolo Morán, Tony Leblanc… Cuando se estrena, 8 de los 33 supervivientes, más los dos frailes que también sobrevivieron, seguían vivos, y de esos 8, tres habían tenido hijos que quedaron en el bando nacional, y cinco en el republicano, entre ellos mi bisabuelo.
Por parte de los descendientes, hay una sensación generalizada de que no se le ha hecho justicia al grupo. Parece que la derecha ha dicho ‘esta historia está bien como está’ y la izquierda ha pensado que esto era un cuento militar imperialista. A los nacionalistas, pese a que había cuatro catalanes en el grupo, no les ha parecido interesante; ni a los canarios, ni a los valencianos… La política ha hecho mucho daño a esta historia universal, que traspasa su época y la historia de España, porque es el sitio militar más duradero de la historia moderna. No hay parangón de un episodio similar, donde acaben vencedores y vencidos reconociéndose mutuamente.
¿Qué queda hoy de su historia?
Los descendientes de los héroes de Baler continuamos la lucha contra el olvido. 115 años después, nos negamos a rendirnos. Ellos lucharon dentro de aquellas cuatro paredes para que no se les olvidara allí y así lograron sobrevivir, y esa lucha nos la han contagiado y la vamos a mantener. Cuanto más se conozca de aquello, mejor no solo para los descendientes de Baler, sino para los españoles en general. El Desastre explica muchas de las cosas que han pasado en el siglo XX en este país: es entonces cuando surgen los nacionalismos vasco y catalán, y hay quien dice que fue incluso el preludio de la guerra civil, tras el trauma de perder la grandeza imperial.
¿Cuál es la principal lección que deberíamos aprender de aquel suceso y del oscurantismo con que se ha gestionado después lo que allí sucedió?
Yo me he quedado con varias. Una es que hay que tener humildad en las victorias, como la tuvieron los filipinos, de saber reconocer al otro y estar a la altura de la humanidad; también hay que tener dignidad en la derrota, como la tuvieron los nuestros, de no capitular y, si era preciso, morir matando. A mí me ha enseñado que en la vida no hay que mirar en términos de vencedores y vencidos. Aquello nos tiene que servir para reflexionar sobre cómo somos los españoles ante nuestra historia, y darnos cuenta hoy en día de que somos capaces de destruir nuestros mayores logros, y de sacarnos los ojos los unos a los otros antes de reconocer nuestros propios méritos. El libro de Martín Cerezo ‘El sitio de Baler: notas y recuerdos’, considerado la fuente oficial de lo que allí ocurrió, se tradujo al inglés en 1910 y se convirtió en lectura recomendada en West Point y en todas las academias militares de Estados Unidos, sobre cómo te tienes que atrincherar, organizar los turnos de vigilancia… Si esto hubiera sido historia de EEUU, Alemania, Francia o Reino Unido, probablemente se enseñaría en las escuelas. El sitio de El Álamo fueron dos semanas y lo conoce cualquiera, y sin embargo entre los españoles…
«Poco a poco se les rescata del olvido»
¿Qué tendría que pasar para que por fin se haga justicia a aquellos héroes?
Bastaría con darle una Cruz Laureada de San Fernando colectiva a la tropa, que es lo que en su momento tenía que haberse hecho. Nunca es tarde si la dicha es buena. Que el propio médico Rogelio Vigil de Quiñones no tenga una laureada, él, que fue un héroe entre los héroes, porque combatió la epidemia del beriberi. Con eso se les reconocería el valor militar que tuvieron. Por otra parte, poco a poco se les está haciendo justicia al rescatarles del olvido en sus lugares de origen, dando su nombre a una calle, levantándoles un mausoleo o con iniciativas similares.
En 1993, con 21 años, viajó por primera vez a Baler. ¿Qué sensaciones vivió allí?
Acababa de terminar la carrera y tenía que hacer la mili. Con unos amigos decidí iniciar un viaje por Asia. Primero fuimos desde China a Bangkok, y luego la idea era volver a Filipinas y, de nuevo, a China, donde estábamos trabajando en una universidad. En Tailandia me caí de una moto y me hice una herida grave en el pie. Estuve inmovilizado dos semanas y, con la humedad, la herida no cicatrizaba. En cuanto pude moverme le dije a mis amigos que me iba a Baler y que allí les esperaría. Pasé por el Instituto Cervantes de Manila, donde hice acopio de libros sobre la historia colonial y los últimos de Filipinas, y me fui a Baler, cruzando la selva en un jeep atestado de gente, a través de las montañas. Al llegar allí sólo había una casa de huéspedes donde me alojé. Llovía a mares y estuve dos semanas leyendo sin parar. Tenía prácticamente la misma edad que mi bisabuelo, que también se llamaba Jesús, cuando él salió de Baler cojo, con una herida de bala en el talón del pie izquierdo, que no cicatrizaba. Aquella sensación de vagar por el pueblo y sintiéndome tan lejos de casa, me hizo ponerme en el lugar de lo que él había podido vivir allí… Fueron unas semanas que me marcaron de por vida. Me conectaron con él, con la historia de la familia, con el afán por aprender historia, con el mundo del periodismo y la comunicación, con las ganas de mirar más allá de lo que uno ve a simple vista.
¿Cuándo decidió rodar su documental?
En 2003 hicimos para Línea 900 (TVE) el reportaje Los hijos de Baler, donde documentamos el sentir de varios descendientes españoles y contamos qué fue de ellos cuando volvieron. Aquel trabajo gustó bastante y, al terminarlo, planteamos hacer un largometraje para afrontar la visión filipina. Desde mi primer viaje allí, en 1993, tenía la duda de por qué esta historia estuvo oculta también en Filipinas durante más de cien años.
¿Por qué se había silenciado allí?
Baler era una aldea con apenas 2.000 vecinos, y el maestro de español del pueblo, Lucio Quezón, fue asesinado justo antes de que comenzara el asedio, acusado de colaboracionismo con los españoles. Su hijo, que en aquel momento tenía 17 años, era Manuel Quezón, que después llegó a ser presidente y padre de la República de Filipinas en los años 30, cuando casi se emanciparon de Estados Unidos. Durante toda su vida, Manuel persiguió a los que habían matado a su padre. Varios de los cabecillas del sitio, como Norberto Valenzuela, fueron encarcelados y torturados en la cárcel. Nadie en el pueblo de Baler quería contar su participación en el asedio, por temor a ser acusados del asesinato del maestro Lucio, hasta que cien años después, un descendiente, el senador Edgardo Angara, se dio cuenta de la enorme potencia que tiene esa historia.
¿Fue laborioso encontrar a los descendientes de los sitiadores?
Llegamos a ellos a través de gente local, de la profesora del pueblo, del senador Edgardo Angara… Empezamos a conocer familias que tenían que ver con los apellidos de los que asediaban la iglesia y a recabar muchísima documentación, grabando más de 50 horas de entrevistas en tagalo, en inglés, en español, sin la prisa de tener listo el documental con motivo de una efeméride. Luego se fueron cruzando cosas en el camino que nos permitieron grabar más material, como el hermanamiento entre Viduerna y Baler, o entre las provincias de Palencia y Aurora.
Tuvo que ser difícil decidir qué material se quedaba fuera y cómo lo estructuraba.
Primero hicimos acopio de material en alta definición por el afán de conocer más y
más. Cuando me hicieron hijo adoptivo de Baler, en 2006, nos pidieron que presentáramos allí el documental. Proyectamos una película de 83 minutos, que no tenía el equilibrio ni el ritmo adecuados. Era una sucesión de personas hablando. Me quedé con la sensación de que hay que ser muy manta para hacer un mal documental con una historia tan buena como la de Baler y estaba bastante desanimado, porque es un deporte muy caro este de hacer documentales. Ya estaba terminado, había sido un esfuerzo muy grande, lo teníamos listo para comercializarlo, pero pensé que cuando fuera mayor, al verlo pensaría que no le había hecho justicia a la belleza de esta historia…
¿Qué le hizo parar y rehacer la película?
Conocí a Eduardo Aute, nacido en Manila precisamente, uno de mis artistas favoritos, y le conté que había hecho un documental sobre Filipinas con el que no estaba satisfecho. Le propuse reescribirlo y que él lo locutara, narrando desde una tercera persona. Se sumó al proyecto y ha hecho un trabajo magnífico. Incluso ha interpretado una versión inédita para del Yo te diré a la guitarra. Luego descubrimos el mundo del 3D y la posibilidad de recrear el pueblo y qué pasó en la iglesia.